El 21 de julio de 1969, el presidente estadounidense, Richard Nixon, levantó el auricular para felicitar a los dos hombres que acababan de poner el pie por primera vez en la Luna. “Hola, Neil y Buzz, os hablo por teléfono desde el Despacho Oval de la Casa Blanca. Y esta debe de ser sin duda la llamada telefónica más histórica que jamás se ha hecho. No puedo expresar lo orgullosos que estamos todos de lo que habéis hecho. Para todos los estadounidenses, este debe de ser el día de más orgullo de nuestras vidas”, aseguró Nixon.

No era cierto. El día previo al lanzamiento de la misión Apolo 11, medio millar de activistas de la llamada Campaña de los pobres se habían plantado en las puertas del Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, con dos carros tirado por mulas, para protestar contra la brutal desigualdad en EE UU. En cabeza iba el reverendo Ralph Abernathy, líder de la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano, dedicada a pelear por los derechos civiles de las personas negras. Un año antes, su antecesor, Martin Luther King, había sido asesinado en Memphis con un tiro en la garganta por un hombre blanco partidario de la segregación racial.

'El dinero del programa espacial debería gastarse en alimentar a los hambrientos', afirmó el reverendo Ralph Abernathy

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